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Recuperando la senda de Karpo Godina

A propósito de la sesión "Karpo Godina: la voz antípoda al realismo socialista"

El Pequeño Gran Pueblito es pequeño.

Tiene una sola calle, llamada calle Larga.

Dicen que si caminas por la calle en una dirección, verás el amanecer.

Y si caminas en la otra dirección, verás el atardecer.

Karpopotnik (Matjaž Ivanišin, 2013)

Alienados y no alineados

Yugoslavia. Finales de los sesenta, inicios de los setenta. Josip Broz, Tito, había mandado a paseo al otro Josip ya hacía tiempo (1948). Y esa decisión, singular e impertérrita, había situado el estado yugoslavo en una órbita nueva, el posteriormente llamado «movimiento de los países no alineados», o también «tercera vía» (1961). El país avanzaba desvinculado de la imposición soviética sin ser absorbido por Occidente, con un sistema económico híbrido entre marxista y liberal. Una valiente marcianada de cierta improvisación y experimentación política.

Esa extraña dualidad, que funcionaba relativamente bien y que algunos sectores de la ciudadanía hoy en día echan de menos, igualmente se encontraba en la gestión de la complejidad nacional; una dualidad también conocida como estrategia «del palo y la zanahoria». Cuando una de las regiones parió un tsunami de protestas, nacido a rebufo de la Primavera de Praga y del Mayo del 68 (Primavera de Croacia, 1971), el régimen fue implacable en su represión, como lo fue siempre con toda disidencia. Pero no mucho después, ese mismo estado autoritario reescribió la Constitución (1974) y aprobó buena parte de las demandas de aquellos estudiantes, nacionalistas e intelectuales que habían salido a quejarse. En definitiva, se descentralizó más el estado y las regiones ganaron autonomía y autogestión. Quien mantenía en forma la columna vertebral de la nación para articular tantos equilibrios era, por un lado, la figura carismática de Tito y, por otro, la solemnidad del ejército, heredero de la épica victoria local en la Segunda Guerra Mundial. Cine, literatura, noticieros, cómics y propaganda, entre otros órganos del sistema, se encargaron de conservar viva la llama ideológica hasta que todo ardió.

Une jeunesse yougoslave

A principios de los cincuenta la versatilidad del país también se reflejaba en el cine. Por la vía oficial, se producían películas nacionales mainstream de estética y credo socialista. Por el camino aperturista, se permitía la distribución de películas occidentales en salas comerciales. Y, como tercer sendero, se establecieron los primeros cineclubs amateurs «bajo los auspicios de la Narodna tehnika (‘tecnología del pueblo’), una política destinada a ilustrar técnicamente a los trabajadores a través de clubs amateurs».[1] No había aún escuelas de cine y este rincón sufragado por el estado para el desarrollo cultural se convertiría en el caldo de cultivo de un potente movimiento. Alrededor de modestos cineclubs esparcidos por todo el territorio (Ljubljana, Zagreb, Split, Novi Sad, Belgrado y otras ciudades) se forjaría la generación que una década después lideraría el nuevo cine yugoslavo, también denominado Ola Negra.

Los asistentes a los cineclubs empezaron a realizar sus propias películas, especialmente cortometrajes. Crearon encuentros, competiciones y premios, generando un estimulante impulso creativo. Se volcaron en las vanguardias, la investigación del lenguaje y la estética, también en tocar temáticas controvertidas. Según la comisaria Ana Janevski, «podríamos dividir sus películas en dos categorías, aunque están entroncadas. La primera son películas cuyo objetivo es mostrar el lado oscuro del país, presentado como perfecto por el gobierno. Son los realizadores que estarán más conectados profesionalmente con el cine posterior de la Ola Negra (negra por querer mostrar ese lado “oscuro”), y son los que tuvieron problemas con la censura. La otra categoría está más vinculada a las artes: sus películas se concentran en el proceso cinematográfico, en el medio, un trabajo con la materia sin necesidad de contar historias. No tuvieron problemas con la censura y estuvieron relacionados también con las galerías de arte más allá de las salas de cine, galerías donde buena parte de ellos acabó realizando su carrera profesional».[2]

Esta jeunesse yougoslave, hijos de la guerra, semilla de los partisanos y de diversas represiones, no se quedó en silencio ante los corsés del sistema. La rama que se derivó hacia la producción de largometrajes se lanzó a contar historias y, en medio de ellas, empezó a tocar las narices abordando temáticas de tendencia subversiva y a plasmar puntos de vista no oficiales. Lo trabajado y compartido en los cineclubs dio sus frutos en aquellos que los pisaron de jóvenes y en esa «ola» acabaron brillando nombres como los de Živojin Pavlović, Aleksandar Petrović, Lordan Zafranović, Želimir Žilnik y Dušan Makavejev, entre otros.

La senda de Karpo

En los últimos años, buceando en la pre-Ola Negra, en este modesto pero numeroso y potente movimiento de cineclubs de ese peculiar estado, se ha rescatado un tesoro: los cortometrajes de Karpo Godina. Con el paso del tiempo su nombre quedó oculto como realizador, por dos motivos: primero, porque forjó su reputación sobre todo como director de fotografía, siendo considerado uno de los mejores del país y altamente solicitado. Y segundo, porque el gobierno empezó a picar la cresta a la Ola Negra, restringiendo sus libertades o imposibilitando sus producciones ya entrados los años setenta. En algunos casos, una persecución que obligó a marchar al extranjero para poder seguir en la industria del cine, con lo que se desmanteló buena parte del molesto movimiento.

Los cortometrajes de Godina se han ido recuperando lentamente. Desde hace aproximadamente una década, debido a algunas investigaciones y a alguna insólita edición en DVD, se revitalizaron sus films de inicios de los setenta, filmados en color. Valió la pena sacarlos a la luz porque su fuego, diversión, subversión, desenfreno, creatividad, belleza, cachondeo, improvisación, locura y genialidad permanecen con vida cincuenta años después. Posteriormente, en 2015, apareció otra parte de sus trabajos. El programador e investigador esloveno Jurij Meden sacó del anonimato algunos cortos de los años sesenta que estaban desaparecidos. Así, se restauraron estas piezas, rodadas en blanco y negro, donde predomina una búsqueda estética y experimental, caminos opuestos a los cánones oficiales de la época. Son de interés para comprender más su obra y también el periodo cineclubista. Para redondear la recuperación de este autor, el cineasta esloveno Matjaž Ivanišin gestó en 2013 el poético documental Karpopotnik (algo así como En la senda de Karpo), un viaje por la Vojvodina actual a partir de bobinas que Godina había filmado viajando por allí, fragmentos de un film inconcluso y olvidado.

Si algo tienen en común todos estos cortometrajes de Godina es que están llenos de música, que es la que lleva el peso narrativo. Como en todo periodo dictatorial, era complicado exponer las cosas de manera directa, de modo que su significado no siempre es claro y puede dar pie a diversidad de interpretaciones. Este quehacer permite hablar en metáforas, insinuar las ideas entre líneas. Tuve la oportunidad de entrevistarle hace unos años y le pregunté sobre lo enigmático de alguna pieza. Aunque no me respondió, dejó dos pequeñas pistas para su lectura: «Los significados no los explico, que el espectador saque sus propias lecturas. Eso sí, tienes que situarte en la época y el lugar y también saber que eran los tiempos del LSD».

PD: Sobre la programación

La Ola Negra hoy en día es un movimiento algo olvidado, incluso dentro de la cinefilia. De cuando en cuando aparece alguna programación que indaga en los alrededores de ese pasado. Sin ir más lejos, el MACBA profundizó en los trabajos de los cineclubs («No podemos prometer que hagamos otra cosa que experimentar», 2011) y el propio Xcèntric dedicó una sesión muy singular al cineclub de Split («Las raíces de la vanguardia yugoslava», 2019). En el ámbito internacional, se dedicó una reciente retrospectiva completa a Želimir Žilnik (DocLisboa, 2015, que posteriormente viajó por diversos festivales internacionales). Y no mucho más. Ahora que se han celebrado los 25 y 30 años de la caída del Muro de Berlín y se está revisando todo el periodo socialista en Europa del Este, quizás sería el momento propicio para una profunda retrospectiva. Permitiría ponderar la importancia de este cine, valorar su impacto en los regímenes socialistas, así como —siempre lo más delicado— contrastar cómo sus films han soportado el paso del tiempo.

Miquel Martí Freixas

 

[1] Miodrag Miša Milošević, «La época de los cineclubs. Cine y video alternativo en Yugoslavia», en Blogs&Docs, noviembre de 2011.

[2] Ibidem.

Fecha
2 febrero 2020

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